Está la clase de cocina que existe para la foto, y está la que existe para la comida. En Florencia, casi todas las del primer tipo se amontonan cerca de los grandes monumentos: cuarenta personas, un guion fijo, un plato que olvidas antes de la cena. El segundo tipo cuesta más encontrarlo, y vale el pequeño esfuerzo que pide.
En el Terracotta Cooking Lab, Livio y Noemi abren su propia cocina a ocho o diez invitados por vez. El menú no se imprime de antemano. Sigue la temporada y, en las mañanas de mercado, lo que el Mercato di Sant’Ambrogio ofrece ese día. Haces la compra, vuelves andando, cocinas una comida completa, y te sientas a comerla juntos.
Aprendes pasta de verdad, hecha a mano, la larga, la rellena y la corta, cada una con su salsa y su vino. Aprendes dónde poner las manos, que es la parte que ninguna receta enseña. Y como el grupo es pequeño, eres un invitado en una casa, no un número en una clase.
Esta es la versión de Florencia que casi todos los itinerarios se saltan. No la cola, no el menú fijo, sino una mesa donde la cena se hace juntos y la tarde corre a su propio ritmo. Es el tipo de día que se recuerda más tiempo que el museo visto esa misma mañana.


