

Libellula
Aceite, tierra y vida lenta en la Sabina romana.
Camillo y Julia, padre e hija, producen aceite de oliva virgen extra en las colinas al norte de Roma, donde los olivos dibujan el paisaje desde hace más de dos mil años.
Se cuenta que fue en la Sabina romana donde Augusto mandó plantar miles de olivos. Hoy, mientras muchas familias dejan sus olivares, Libellula elige cuidar esa herencia con una agricultura más lenta: cada aceituna recogida a mano, cultivada sin pesticidas y prensada en veinticuatro horas, para conservar el sabor vivo y las cualidades naturales que el tiempo se lleva enseguida.
La libélula, libellula en italiano, se convirtió en el símbolo de la familia por una razón. No sobrevive donde la tierra ha sido tratada con dureza o el equilibrio se ha roto. Su presencia recuerda, sin decir nada, que cuidar la tierra importa tanto como cuidar el aceite que nace de ella.
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Camillo Franchi Scarselli nunca imaginó que acabaría siendo olivicultor.
Durante años tuvo una agencia de marketing en Roma. Todo cambió cuando se mudó a las colinas de la Sabina romana y descubrió un paisaje donde los olivos llevan siglos dando forma a la tierra y a la gente.
Por esos mismos años, su hija Julia estudiaba ciencias ambientales y arquitectura en Estados Unidos.
Cuando ella volvió a casa, los dos se dieron cuenta de algo alarmante.
Los olivares que habían definido la Sabina durante generaciones estaban desapareciendo poco a poco: el cambio climático hacía las cosechas menos previsibles, los costes de producción no dejaban de subir, los jóvenes se marchaban del campo, y para muchas familias seguir ya no salía a cuenta. Libellula nació como respuesta a esa realidad.
No solo para producir aceite, sino para crear un modelo capaz de volver a hacer económicamente sostenible el cuidado de estos olivares.
Hoy Libellula trabaja con una red de pequeñas familias productoras alrededor de Palombara Sabina, y ayuda a conservar tanto el paisaje como el saber que lo sostiene.
El programa de adopción de olivos permite a cualquiera apoyar la recuperación de olivares abandonados, y cada botella lleva la misma filosofía: aceitunas recogidas a mano, cultivadas sin pesticidas y prensadas en las veinticuatro horas siguientes a la cosecha, para conservar la frescura, el sabor vivo y el alto contenido natural de antioxidantes del fruto.
En los últimos años, la familia también ha abierto las puertas de su casa, recibiendo solo cinco huéspedes a la vez para vivir la Sabina romana a través de sus olivares, abadías, villas imperiales y un ritmo de vida más lento.





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